Calaveras y diablitos para Pa beneït

Nos embarcamos en una tradición, el Pa Beneït, a la que le encuentro sus pegas, sí, pero por eso les he puesto calveras y diablitos a unas, e ilustraciones estivales de Inkalily para otra (regalo de mi amiga H. de Maquinando patrones– con tiempo todo llega…) Parece hecho a posta, pero sin quererlo elegí la tela apropiada para cada una de ellas.

La tradición del Pa Beneït se remonta a la época medieval, cuando el pan era la base de la alimentación de la población. Entonces se bendecía la harina vieja antes de segar el trigo nuevo. La celebración se realizaba antes de Corpus ya que era la temporada que coincidia con la siega.

Actualmente consiste en un “cercabarris”, es decir, dar una vuelta por el pueblo en parejas con una coca -pan- con azúcar bajo el brazo. Al finalizar el paseo la coca es bendecida por el cura.

Nosotras participamos por la tradición, pero el coñazo que supone para las criaturas: se ponen peineta,, mantilla, compran los claveles, compran la coca, la envuelven con mantilla y le ponen claveles… o sea, un trabajo que no veas.

Alguien me contó este verano que la tradición consistía en que las familias mostraban a sus hijas bien vestidas el día de Pa Beneït para intentar encontrarles pareja… sin duda alguna esta explicación baña más lo que actualmente aparenta que es.

Mamá, ¡ya estoy cansada de caminar!

¡¡Menos mal que me habéis dado el bolso de la abuela, porque esto empezaba a aburrirme!!

A mi me mola por la merendola que nos metemos, el rato en el que vemos a un montón de gente en las calles esperando que pasemos, la mayoría de ellos que no les he visto durante un año pues ahora vivo en Aranjuez (Madrid). Y al final nos lo tomamos a cachondeo (menos mi tía Encarna que se tira de los pelos cada vez que ve que las niñas se quitan las peinetas cuando les parece).

Los vestidos se los hice para las distintas bodas de este año. Tal y como han hecho otras que han enlazado en Fans Ottobre, opté por ponerle ondulina y me encanta. Cuando les vi los vestidos puestos, al menos los de calaveras, me recordaban a algunos modelos de vestidos mexicanos.

Enlaces: Menuda Inspiración  y Fans Ottobre.

Patrón: 18. Mermaids. Ottobre Verano 3/2017.

Telas: Mar de Inkalily y popelina de Calaveras de Ribas y Casals.

Ease in to Motherhood – Maternidad y costura

Ease in to Motherhood es una iniciativa de tres blogueras (Mexican pink,  Sew fearless y Seamstresserin) que proponen hablar en el mes de julio de todos los cambios físicos y psicológicos durante la maternidad y como encajamos en eso la costura.

He leido las historias de las organizadoras, de Maider, Naii y Vanessa de Hilos y más y cada historia me llegó de alguna forma u otra.

Aran mamando tras golpearse con una silla

  En el Pirineo Aragonés este verano disfrutando del río.

Vamos de excursión en bici para encontrar moras u otros frutos ¡viñedos!

Descubrimos la casa misteriosa de mi infancia mientras vamos en bici

La relación entre maternidad y costura y crianza es estrechísima para muchas de nosotras, y de hecho, siempre leo historias de que muchas empezaron a coser justo cuando se quedaron embarazadas y preparaban las para el bebé.

La costura te conecta con las manos, esa parte de nuestro cuerpo tan denostada en los tiempos que corren y tan necesaria para el desarrollo psicológico y motriz de niños/as y adultas. De ahí que se despierten tantos instintos y habilidades adormilados en nuestro interior cuando estamos gestando un bebé. Y la costura te despierta tu creatividad, tu imaginación, un yo profundo y útil para generar proyectos propios.

Yo empecé a coser antes de quedarme embarazada, poco antes realmente. Y desde entonces la costura ha sido terapéutica para mi. Leer las historias de algunas mujeres que han participado en Ease into Motherhood me ha servido para darle forma y estructura a mi relación con la estructura y la crianza.

Pensar en proyectos de costura mientras duermo a las niñas me alivia los ratos incansables que he dedicado a dormirlas en sus siestas mañaneras, sus siestas al mediodía y sus sueños nocturnos y desvelos. Sí, ser una stay-at-home-mom ha sido una fase muy necesaria e intensa de mi vida (sobre todo porque parí a mi 3a hija cuando mi hija mayor todavía no había cumplido 4 años), y por ser tan intensa, el papel de la costura ha sido un privilegio exclusivo mío, mi ratito, mi refresco, una dedicación oxigenante. Me dedicaba a hacer algunos ejercicios hipopresivos fuera o dentro de casa, y luego… ¡a coser!, exprimiendo los minutos como también hacéis vosotras.

Mi pareja ha sido clave en todo esto, quien me ha dejado ratos por las tardes o por las noches para ponerme a coser, entre semana y fines de semana, animándome a ir al Sewing Camp u organizar el Sarao Meravelles.

En cuanto a mi cuerpo y la costura tras ser madre, lo más influyente en mi armario vital ha sido la lactancia prolongada y a tutti plen (tandem o a dos a la vez). Mientras viví en Barcelona me apañaba yendo con mis prendas de siempre, aquellas que fueran cómodas de levantar para dar el pecho o me ponía una camiseta interior y me levantaba la prenda de encima. Empecé a usar de nuevo sujetador (he estado años y paños sin tocar uno), pero sujetador de deporte puesto que no lograba acostumbrarme a aros ni mecanismos varios de los sujetadores de lactancia. Tuvo que ser la llegada de mi tercera hija la que me animara a coserme mis prendas de lactancia, ¿increíble verdad? Hasta ese momento simplemente pasaba y cosía ropita para las niñas o para mi… Aquí ya vivía en Aranjuez donde los inviernos son más fríos, así que no tuve excusa. Jerséis rainbows con cremallera y camisetas cruzadas (Shirt oder kleid), incluso he usado abrigo de lactancia (eso sí, comprado), y ahora me pregunto cómo podía apañarme con forros polares y mantas enrollando a la bebé (me gusta recordar que se puede vivir con bastante menos).

Otro factor determinante en mi cambio de vestimenta es el mero hecho de ir cómoda todo el día. Antes usaba muchas faldas y vestidos, ahora esta prenda casi no existe en mi armario a menos que pueda dar el pecho y no me resulte imposible ir a un parque y sentarme en un arenero. También me he acostumbrado a llevar pantalones con bolsillos para poder guardar las llaves del coche y cositas de las niñas. Ahora bien, siempre necesito llevar un bolso o mochila igualmente. En ocasiones he pensado que la riñonera sería mi amiga ideal como en mis tiempos grunges, pero al usar la mochila de porteo lo veo incompatible. Todavía pienso que debería desechar mis antiguas mochilas y hacerme una bien chula y práctica como las de mi amiga Helena de Maquinandopatrones y tantas otras que coséis complementos maravillosos.

El calzado ha sido mi gran enemigo durante embarazos y postpartos con porteo. He tenido que dejar cualquier tipo de sandalias y botines y casi de todo (yo antes era “algo descomplicada” le llamo yo pero tenía calzado variado) porque tuve varias fascitis plantares. Eso es inflamación de las fascias, un tendón que se encuentra en la planta del pie. Me dolía muchísimo, así que hice con calzado de montaña y sandalias deportivas para mi día a día aunque no pegue con la vestimenta.

Todo esto porque ser madre consiste en adaptarse a las nuevas condiciones aunque la mayoría de la sociedad no valore el papel que desarrolla una mujer por el bien de la humanidad: reproducirse, modificar su estatus de vida, transformar su cuerpo y psicología, dejarse de cuidar física y emocionalmente por muchos años, comer peor, perder y ganar capacidad de sueño, cagar peor por las almorranas, soñar menos de noche por las preocupaciones…

Y también, soñar más de día por los proyectos en familia y proyectos individuales de costura, inventarte historias que contarles a las criaturas mientras tú eres la primera en dormirte, enseñarles a hacerte un masaje en los pies, dejarte acariciar el rostro mientras les enseñas las partes del mismo,…

descubrir que el mundo con ojos de niño/a es mucho más interesante y divertido.

Historias contadas con piedras pintadas: regalos hechos en casa

Se pueden contas historias, cuentos… de muchas maneras. Hay tantas maneras como imaginación tengamos las personas adultas, o los/as niños/as. Una de ellas, contar historias con piedras pintadas, la descubrimos hace algún tiempo y nos encanta.

El otro día elaboramos un nuevo juego de piedras pintadas para regalárselo a un amigo de Abril que cumplía 4 años. Parece que le gustó. Espero que su familia lo disfrute tanto como gusto le pusimos nosotras en elaborarlo.

MATERIALES:

  • Una bolsa de tela confeccionada en casa o comprada en un bazar (tiene que ser algo que esté cerrado y que los/as niños/as puedan meter la mano sin ver el dibujo de la piedra).
  • Entre 7 y 15 piedras con superficie lisa y a poder ser de distintos tamaños (es una actividad previa a realizar, ¡recoger piedras en los parques, jardines o campos de los alrededores!)
  • Pinturas y pincel para dibujar las imágenes que forman parte de la historia; o pegatinas, cola blanca y pincel.

FUNCIONAMIENTO:

  • Podemos contar primero nosotras una historia, sacando una a una las piedras. O podemos dejar que sean ellos/as quienes se lleven la sorpresa de crear la primera historia de esas piedras sin ayuda nuestra.
  • Les decimos que tenemos una bolsa en la que encontraremos distintas sorpresas que nos ayudarán a contar historias, cuentos inventados por nosotros/as mismos/as.
  • Les invitaremos a que metan la mano, y cuando toquen lo que hay, les diremos que saquen tan sólo una piedra. Al ver el elemento dibujado, les diremos que se inventen el inicio de una historia.
  • Poco a poco irán sacando las piedras una a una (algunos/as las sacarán a pares, es obvio que cada niño/a se apropiará del juego a su manera) e irán enlazando las situaciones.
  • En ocasiones, y cuando lo creamos oportuno, podemos nosotros/as añadir frases, adjetivos, características y rasgos a los elementos de la historia. El/la niño/a lo oirá y lo mezclará con su cuento.
  • Podemos indicarles que les podemos dar nombre a los personajes, y no solamente mencionarlos linealmente.

BENEFICIOS:

  • Los niños y niñas, cuando somos nosotros/as quienes contamos historias o cuentos, ya sean leidos o narrados a viva voz, a menudo necesitan interrumpir, parar la historia para aportar algo nuevo en el desarrollo o desenlace. Con este juego conseguiremos que sean los/as más pequeños/as quienes sean los/as protagonistas de los cuentos. Satisfacción y un trabajo de autoestima en todo momento.
  • Las otras protagonista de este juego de contar historias es la imaginación y la creatividad. Cada día saldrá una historia nueva, cada niño/a visualiza unas situaciones diferentes. Es interesante hacer conscientes a los/as más pequeños/as de lo bonito de imaginarse historias diferentes en cada ocasión.
  • La disposición de las piedras que narra la historia debe ser, a poder ser, lineal, de izquierda a derecha. Esto se debe a que normalmente estamos jugando con niños/as de edades en periodo de lectoescritura y esta disposición le ayudará en el desarrollo de su percepción visual-espacial.

Había una vez una ovejita. ¡Qué ovejita tan simpática! Tenía la carita negra, y todo el cuerpo blanco, excepto sus patitas.

Un día iba la Ovejita caminando por un prado cuando de repente se cruzó con un Pollito.

El Pollito le pidió ayuda a la Ovejita porque tenía mucha sed. La Ovejita le indicó que había un río muy cerca, y que podría beber de allí con mucho cuidado. Al inclinarse vio saltar un Pez muy gracioso con escamas de colores.

Este Pez tan gracioso estaba ansioso por conocer animales que no fueran acuáticos. Aquella Mariposa le fascinó, y el Pollito todavía más.

De repente salió el sol y el girasol se giró ante él.

Qué contentos se pusieron todos los animales al saludar al sol. ¡Buenos días! Buenos días contestó a su vez un pequeño Gato de color gris y blanco.

Al lado del Gato estaba el Caballo, quien detestaba el sol porque le hacía cerrar los ojos.

Mientras le daba la espalda al sol se comía una roja y redonda manzana que estaba deliciosa.

¡Menuda sorpresa! Unos regalos nos esperaban tras las piedras…

Cuando de repente apareció el Cerdo más impoluto de todo el lugar, quien

junto a la vaca iba paseando por el inmenso campo.

Las florecillas

revoloteaban entre las mariquitas, unas rojas, otras amarillas… pero todas con sus manchitas negras.

El cangrejo se convirtió en el protagonista de la velada cuando caminando hacia atrás dejó alucinado a todo el mundo.

Casi cada noche contamos cuentos, historias con la luz apagada, de nuestra niñez o inventadas, historias cantadas… La narración oral es un bien que tenemos que cultivar y cuidar. No siempre se puede, no siempre llegamos… ¿y qué importa? Las piedras pintadas y el Story Cubes se pasan semanas y meses en nuestro armario pero cuando queremos algo nuevo o una sorpresa, ¡ahí está, una historia nueva!

El parto de mi hija Gala por Sandra Lozano

Sandra, mi gran amiga Sandra, amiga del alma, quien me ha introducido siempre en temas de sororidad, feminismo consciente, y un interminable etcétera… ha querido compartir con todas y todos vosotros su primera experiencia de parto en este humilde pero amoroso blog. Muchísimas gracias por abrirnos las puertas de tu nueva familia.

El parto de mi hija Gala

Siempre me han gustado los relatos de parto. Los detalles que cuentan madres y padres sobre cómo llegaron sus criaturas al mundo me resultan fascinantes. Por fin llegó el momento de vivirlo en mi propio cuerpo y ser la protagonista del acto más brutal y mágico de la naturaleza humana. Cada vez que he contado o me han preguntado qué tal fue el nacimiento de mi hija Gala, he sentido la necesidad de relatar no tanto los detalles técnicos concretos, sino las intensísimas emociones por las que pasé. Cuando contamos experiencias vividas solemos privilegiar la sucesión de hechos objetivos: qué acciones concretas ocurrieron, qué cosas se dijeron, en qué espacios transcurrieron las escenas, etc. Sin embargo, dejamos de lado o explicamos solo sucintamente qué emociones acompañaron la vivencia. Escribo este relato porque no me gustaría olvidar por nada del mundo lo que sentí en las largas horas en que mi cuerpo fue capaz de traer al mundo a mi preciosa hija.

Los detalles técnicos de mi parto se resumen fácilmente. Los describo brevemente para que sirvan de escenario del relato que viene después. Rompí la bolsa de las aguas un viernes a las 9 de la noche. Después de una ducha, una cena y dormir  un poco, llegamos al hospital a las 2 de la madrugada. Una vez comprobaron a través de los monitores que todo iba bien, nos dejaron dormir a mí y a mi marido plácidamente en nuestra habitación de dilatación. A las 9 de la mañana del sábado, aún sin contracciones, iniciaron el protocolo para provocarme el parto. Fueron necesarias tres pastillas de prostaglandinas (el conocido como misofar) y un total de 12 horas (6 de ellas con contracciones dolorosas) para borrar mi cuello del útero y situarme en una dilatación de 4 cm. Pedí entonces la epidural que me ayudó a dilatar hasta los 10 cm en tres horas. Con la epidural, mi matrona también me introdujo una pequeña dosis de oxitocina para corregir la ralentización de mi trabajo de parto. Al final de mi dilatación la dosis de anestesia se acabó y el expulsivo comenzó inmediatamente. Lo afronté sin anestesia y duró 40 minutos. No fue necesario ningún instrumento (ni fórceps, ni ventosas), no hubo episiotomía y no me desgarré el perineo. Solo fueron necesarios unos pocos puntos aquí y allá. A las tres y media de la madrugada del domingo mi hija Gala nació sana y maravillosa. Yo me recuperé del parto sin mucho problema.

Mientras todo eso ocurría, transité emociones intensísimas. Algunas las esperaba, otras fueron toda una sorpresa para mí. Todo comenzó con los nervios. Romper la bolsa de las aguas y saber que ya no había marcha atrás me hizo sentirme nerviosa como cuando se emprende un largo viaje. Aunque sabía que podía descansar en casa unas 9 horas, los nervios me empujaron a acudir antes al hospital. Además, sentía algo de preocupación: notaba a mi bebé moverse mucho, ¿le pasaría algo? También me sentía impaciente y con una tremenda curiosidad, ¿cómo sería todo? ¿cómo iba a ser mi parto? Recuerdo el vértigo en el estómago al salir de casa y saber que ya nunca volveríamos a ser dos, que la próxima vez que cruzara aquel umbral lo haríamos siendo tres. El pensamiento se me hizo tan abrumador que tuve que sacudir la cabeza y dejarlo ir.

Tras el descanso en el hospital y las primeras dosis de prostaglandinas la emoción que reinó fue el entusiasmo. Por fin despegábamos, comenzaba la aventura. Estaba llena de energía, con ganas de hacerlo bien y superar cualquier dificultad. ¡Cuánta ilusión tenía! Cuando asomaron las primeras contracciones, parecidas a los dolores menstruales pero mucho más intensas, me alegró superarlas. Aún mi cerebro estaba encendido y compartía la alegría con mi chico.

Después vino la decepción, cuando mis dos horas de contracciones intensas y regulares de regla no ayudaron a avanzar en el parto: mi cuello de útero seguía sin borrarse, apenas había cambiado de forma. La ilusión y la alegría me habían disparado como una bala a un estado demasiado optimista, como si ya todo estuviera hecho. Menos mal que Damien amortiguó mi decepción y la alivió con unas cuantas caricias y palabras de consuelo. Había que seguir adelante y ¡tener paciencia! La decepción tenía que diluirse.

Además de Damien, también la matrona supo ayudarme y reconducir mi actitud. Yo no paraba de hacerle preguntas, de calcular posibilidades, de debatir con ella las opciones… de intentar controlar la situación. Entonces me dijo: “me hablas desde lo mental, has de desconectar tu cerebro y centrarte en el proceso y las contracciones. Y disfrutarlo. Ningún otro parto será igual, este es único, es especial. Concéntrate en cada contracción y en cómo superarlas, una a una. Cada vez que superas una, estás más cerca de tu bebé”. Gracias a sus palabras me relajé, apagamos las luces, pusimos la música y entré en el estado animal que requiere parir.

Las siguientes dos horas fueron las contracciones de la fuerza.  Me concentré en mi cuerpo. En esta ocasión las iba superando visualizando metáforas de fortaleza y potencia. Pensé en que yo era el árbol de la vida, que la naturaleza me había elegido ese día para ser su canal, y que el dolor era parte de ese proceso, como cuando el árbol rompe la tierra para sacar sus raíces. Me imaginaba emergiendo de la tierra, con cada contracción una raíz salía a la superficie. Después vino a mi mente la figurita neolítica de la mujer sentada en un trono con dos leonas a los lados. Pensé en las leonas, en que se necesita la fuerza de dos felinas poderosas para superar cada contracción. Es un poder que todas tenemos dentro. Así transcurrió esta parte del proceso. No me crispaba, cabalgaba las contracciones, el dolor no me controlaba a mí, yo tenía las riendas.

Pero en las dos horas siguientes todo cambió. La intensidad y la frecuencia de las contracciones subieron varios niveles. Se me hizo muy difícil. Esta vez acudí a visualizarme en situaciones placenteras: la playa, el verano, Damien en el agua esperando a que yo le alcanzara, el agua fría, el sol… Pero el dolor me atropellaba. No me daba tiempo a descansar entre contracciones, un gran puñal se me metía en las entrañas cada dos minutos. La crispación ocupó todo el lugar, no podía relajar mi cuerpo ni respirar bien. Me asustaban las contracciones y las sufría… apareció el dichoso sufrimiento. Y no se fue. El tiempo se hizo eterno. Damien me ayudaba a no desesperar con sus palabras de aliento y su presencia. Al acabar las dos horas llegó la exigencia de la anestesia: la epidural fue como pasar del infierno al cielo, de la crispación a la relajación absoluta.

Disfruté de casi tres horas de la calma y la tranquilidad más reparadora que he experimentado jamás. Mi cerebro, eso sí, volvió a encenderse y no podía evitar transformar en palabras aquella sensación, que compartí con mi matrona. Volví a ser locuaz, recuperé mi yo racional. Llegó un ligero sueño, y me regodeé en el bienestar, aliviada de haber dejado atrás el sufrimiento. No quería que terminara, quería disfrutar mucho de esa calma. Mi apego por las sensaciones placenteras es un poco patológico, pero eso es otra historia… Eso sí, estuve todo el tiempo situada en el presente, sin pensar en lo que vendría después.

Unas horas más tarde, en la placidez de mi camilla, empecé a notar presión en la zona del pubis. Eran unas nuevas contracciones. En cada una de ellas la presión se hacía más evidente y en pocos minutos se convirtió en dolor, soportable, pero dolor. Pedí un poco más de anestesia, pero al hacerme un tacto mi matrona me anunció que llegábamos a la fase final, que quedaba poco, mejor seguir sin más dosis de epidural.

La intensidad de las nuevas contracciones me hicieron gritar, lo que me sorprendió a mí misma. Y enseguida apareció mi nuevo compañero de viaje: el miedo, o más bien, el pánico. Mi cuerpo empezó a temblar, sin parar (supe después que en parte el temblor era un efecto del fin de la anestesia, pero ello acompasó a la perfección la emoción del miedo). Tenía mucho miedo. ¿A qué exactamente tienes miedo? me preguntó mi matrona. A que llega una criatura! En ese instante se me hizo tan real lo que estaba a punto de ocurrir, tan extraordinario, tan extremadamente difícil! Eso unido al intenso dolor que me inundaba con cada contracción hizo que viviera el expulsivo paralizada emocionalmente. Aterrada. Gracias al equipo que me asistió en ese momento, fui avanzando a pesar del miedo. Aprendí a empujar, experimenté el alivio que supone empujar bien y lo duro que se hace cuando te indican no empujar para no desgarrarte. Sudaba, tenía calor y muchísima sed, molestias que mi chico iba aliviando con gran eficacia y amor. Mi expulsivo duró unos 40 minutos en los que el dolor fue ganando la batalla al miedo. Sentí impaciencia, exigía que “acabáramos ya”, el esfuerzo físico era insoportable. Sentí en dos ocasiones que me iba a desmayar, pero no sé cómo con un par de palabras de ánimo del equipo la sensación se pasaba. En uno de los pujos, me incorporé tanto que vi la cabeza de mi hija fuera. La vi y no la vi. No tenía ojos en ese momento, mi cuerpo era pura adrenalina. Cuando Gala por fin salió del canal de parto y aterrizó sobre mi regazo la sensación física de su peso, su calor y su suavidad son detalles que me acompañarán toda la vida. Sin embargo, no me permití disfrutar del momento hasta que no acabara el proceso y no se pasara el dolor. No me di permiso para reconocer plenamente a mi hija. Tardaron más de 30 minutos en coser los pequeños desgarros superficiales que sufrí, y esto se me hizo eterno. No solté a mi criatura, no dejé de darle la bienvenida, de acariciarla, pero esperaba a que estuviéramos las dos plenamente presentes en cuanto me dejaran cerrar mis piernas. Cuando acabaron rompí a llorar, por una mezcla de tensión, dolor y rendición. Ya estaba todo, qué difícil había sido. Necesité el consuelo que busca de niña cuando algo es demasiado intenso. Todo ello me sumió en un pequeño estado de shock, que aun me duraría unas horas en planta, ante el asombro de las matronas. No paré de repetir “es la cosa más difícil y más dura que he hecho en mi vida”. Poco a poco el miedo, el dolor y el shock pasaron y Gala y yo nos reencontramos. Ella también derrotada por el esfuerzo pasó la mayor parte del tiempo durmiendo. Me ayudaron en planta a que se enganchara a mi pecho… qué maravilla la naturalidad de dicho gesto. Ella mamaba de mi pecho derecho sin que ninguna de las dos lo hubiésemos hecho antes.

Las dos noches en el hospital las pasamos Damien y yo a solas con nuestra hija. Ello nos ayudó a rememorar lo ocurrido, a construir nuestro relato del viaje que acabábamos de culminar. Sirvió para purgar todas las emociones que habían surgido de una experiencia tan indescriptible y entender por qué ocurrió como ocurrió (por qué me asusté, por qué me crispé, cómo lo vivió él, cómo entendió cada circunstancia). Aquellas conversaciones fueron tremendamente útiles.

Confirmamos que todo lo inundó el amor, que se multiplicó por mil en aquella pequeña sala de dilatación. Se respiraba como el aire. En todo momento vivimos una compenetración absoluta, en la que Damien no necesitó de mis palabras para saber cómo debía acompañarme, lo supo instintivamente. Espero no olvidar nunca que mientras me convertía en madre fui profundamente amada.

Me encantaría volver a pasar  pronto por la experiencia de parir. Ahora que conozco las sensaciones por las que se puede pasar, espero saber rendirme antes, dejarme llevar más, confiar en mi cuerpo ciegamente, sin cuestionarlo, sin asustarme. Parir a mi hija Gala me ha enseñado a amar profundamente mi cuerpo y estarle agradecida eternamente por ser el canal de la vida.

Sandra L.

Parí en un hospital público de Barcelona y me sentí muy bien tratada. Nadie me faltó el respeto, al contrario, las matronas, auxiliares y enfermeras con las que traté tuvieron toda la delicadeza del mundo en su trato. Parí en la sanidad pública porque confío mucho en ella y me relaja saberme amparada por sus profesionales. Sin embargo, era consciente de que en el asunto del parto aún quedan bastantes asuntos que mejorar para parir de una forma completamente satisfactoria. De hecho, en distintos momentos de mi trabajo de parto, las matronas me dejaron entrever que están obligadas a seguir ciertos protocolos con los que no están de acuerdo. A mí me resultaron molestas los siguientes detalles que espero mejoren en el futuro:

– El protocolo de inducir el parto tras solo 12 horas después de la rotura de la bolsa parece, según la opinión de mucha gente (incluida la matrona que me asistió), un poco justo. Hay lugares en los que se deja hasta 36 horas, si el bebé y la madre están bien, obviamente. Quizás yo me habría puesto de parto sola de haber esperado un poco más. También si me hubieran permitido regresar a casa a dormir.

– El monitoreo constante es pesado, la verdad. Muy pesado. Es verdad que cuentan con monitores inalámbricos, pero son molestos igual, se mueven y a cada rato tienen que venir para recolocártelos. Impide el libre movimiento y también perturba en la concentración que se requiere para parir.

– Que se lleven al bebé cada mañana, los análisis, las pruebas. Son muchas. Se respeta el piel con piel las primeras dos horas y casi las primeras 12, pero luego la retahíla de procedimientos es excesiva. Quizás sería más razonable que, al menos, las pruebas se hicieran siempre en presencia de la madre y perdiendo su contacto lo menos posible.

Frutas de fieltro: regalos hechos en casa

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En la última reunión escolar de mi hijas me fijé nuevamente en los rincones de juego de sus clases (3 y 4 años). El rincón de juego simbólico, con cocina acompañada por algunas frutas de plástico y algún utensilio, me pareció mejorable. Así que pensé que unas frutas de fieltro serían un buen comienzo. Como en casa ya tenemos, repetir nuestras frutas y verduras favoritas no sería difícil. Hablé con mi madre y este pasado finde nos pusimos manos a la obra.

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Aran abre la puerta del horno

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Aran mete una cacerola y cierra la puerta del horno

Nos han quedado por acabar coliflores, brócolis, plátanos y alguna cosilla más que sea comida menos saludable como helados 😉

Patrones: Pinterest no tiene nada comparado con esta página. Introduje Felter Fruits en google y tachán. http://www.apartmenttherapy.com/how-to-make-felt-food-free-tutorials-135005

Enlace: Menuda Inspiración de la Pantigana.