El parto de mi hija Gala por Sandra Lozano

Sandra, mi gran amiga Sandra, amiga del alma, quien me ha introducido siempre en temas de sororidad, feminismo consciente, y un interminable etcétera… ha querido compartir con todas y todos vosotros su primera experiencia de parto en este humilde pero amoroso blog. Muchísimas gracias por abrirnos las puertas de tu nueva familia.

El parto de mi hija Gala

Siempre me han gustado los relatos de parto. Los detalles que cuentan madres y padres sobre cómo llegaron sus criaturas al mundo me resultan fascinantes. Por fin llegó el momento de vivirlo en mi propio cuerpo y ser la protagonista del acto más brutal y mágico de la naturaleza humana. Cada vez que he contado o me han preguntado qué tal fue el nacimiento de mi hija Gala, he sentido la necesidad de relatar no tanto los detalles técnicos concretos, sino las intensísimas emociones por las que pasé. Cuando contamos experiencias vividas solemos privilegiar la sucesión de hechos objetivos: qué acciones concretas ocurrieron, qué cosas se dijeron, en qué espacios transcurrieron las escenas, etc. Sin embargo, dejamos de lado o explicamos solo sucintamente qué emociones acompañaron la vivencia. Escribo este relato porque no me gustaría olvidar por nada del mundo lo que sentí en las largas horas en que mi cuerpo fue capaz de traer al mundo a mi preciosa hija.

Los detalles técnicos de mi parto se resumen fácilmente. Los describo brevemente para que sirvan de escenario del relato que viene después. Rompí la bolsa de las aguas un viernes a las 9 de la noche. Después de una ducha, una cena y dormir  un poco, llegamos al hospital a las 2 de la madrugada. Una vez comprobaron a través de los monitores que todo iba bien, nos dejaron dormir a mí y a mi marido plácidamente en nuestra habitación de dilatación. A las 9 de la mañana del sábado, aún sin contracciones, iniciaron el protocolo para provocarme el parto. Fueron necesarias tres pastillas de prostaglandinas (el conocido como misofar) y un total de 12 horas (6 de ellas con contracciones dolorosas) para borrar mi cuello del útero y situarme en una dilatación de 4 cm. Pedí entonces la epidural que me ayudó a dilatar hasta los 10 cm en tres horas. Con la epidural, mi matrona también me introdujo una pequeña dosis de oxitocina para corregir la ralentización de mi trabajo de parto. Al final de mi dilatación la dosis de anestesia se acabó y el expulsivo comenzó inmediatamente. Lo afronté sin anestesia y duró 40 minutos. No fue necesario ningún instrumento (ni fórceps, ni ventosas), no hubo episiotomía y no me desgarré el perineo. Solo fueron necesarios unos pocos puntos aquí y allá. A las tres y media de la madrugada del domingo mi hija Gala nació sana y maravillosa. Yo me recuperé del parto sin mucho problema.

Mientras todo eso ocurría, transité emociones intensísimas. Algunas las esperaba, otras fueron toda una sorpresa para mí. Todo comenzó con los nervios. Romper la bolsa de las aguas y saber que ya no había marcha atrás me hizo sentirme nerviosa como cuando se emprende un largo viaje. Aunque sabía que podía descansar en casa unas 9 horas, los nervios me empujaron a acudir antes al hospital. Además, sentía algo de preocupación: notaba a mi bebé moverse mucho, ¿le pasaría algo? También me sentía impaciente y con una tremenda curiosidad, ¿cómo sería todo? ¿cómo iba a ser mi parto? Recuerdo el vértigo en el estómago al salir de casa y saber que ya nunca volveríamos a ser dos, que la próxima vez que cruzara aquel umbral lo haríamos siendo tres. El pensamiento se me hizo tan abrumador que tuve que sacudir la cabeza y dejarlo ir.

Tras el descanso en el hospital y las primeras dosis de prostaglandinas la emoción que reinó fue el entusiasmo. Por fin despegábamos, comenzaba la aventura. Estaba llena de energía, con ganas de hacerlo bien y superar cualquier dificultad. ¡Cuánta ilusión tenía! Cuando asomaron las primeras contracciones, parecidas a los dolores menstruales pero mucho más intensas, me alegró superarlas. Aún mi cerebro estaba encendido y compartía la alegría con mi chico.

Después vino la decepción, cuando mis dos horas de contracciones intensas y regulares de regla no ayudaron a avanzar en el parto: mi cuello de útero seguía sin borrarse, apenas había cambiado de forma. La ilusión y la alegría me habían disparado como una bala a un estado demasiado optimista, como si ya todo estuviera hecho. Menos mal que Damien amortiguó mi decepción y la alivió con unas cuantas caricias y palabras de consuelo. Había que seguir adelante y ¡tener paciencia! La decepción tenía que diluirse.

Además de Damien, también la matrona supo ayudarme y reconducir mi actitud. Yo no paraba de hacerle preguntas, de calcular posibilidades, de debatir con ella las opciones… de intentar controlar la situación. Entonces me dijo: “me hablas desde lo mental, has de desconectar tu cerebro y centrarte en el proceso y las contracciones. Y disfrutarlo. Ningún otro parto será igual, este es único, es especial. Concéntrate en cada contracción y en cómo superarlas, una a una. Cada vez que superas una, estás más cerca de tu bebé”. Gracias a sus palabras me relajé, apagamos las luces, pusimos la música y entré en el estado animal que requiere parir.

Las siguientes dos horas fueron las contracciones de la fuerza.  Me concentré en mi cuerpo. En esta ocasión las iba superando visualizando metáforas de fortaleza y potencia. Pensé en que yo era el árbol de la vida, que la naturaleza me había elegido ese día para ser su canal, y que el dolor era parte de ese proceso, como cuando el árbol rompe la tierra para sacar sus raíces. Me imaginaba emergiendo de la tierra, con cada contracción una raíz salía a la superficie. Después vino a mi mente la figurita neolítica de la mujer sentada en un trono con dos leonas a los lados. Pensé en las leonas, en que se necesita la fuerza de dos felinas poderosas para superar cada contracción. Es un poder que todas tenemos dentro. Así transcurrió esta parte del proceso. No me crispaba, cabalgaba las contracciones, el dolor no me controlaba a mí, yo tenía las riendas.

Pero en las dos horas siguientes todo cambió. La intensidad y la frecuencia de las contracciones subieron varios niveles. Se me hizo muy difícil. Esta vez acudí a visualizarme en situaciones placenteras: la playa, el verano, Damien en el agua esperando a que yo le alcanzara, el agua fría, el sol… Pero el dolor me atropellaba. No me daba tiempo a descansar entre contracciones, un gran puñal se me metía en las entrañas cada dos minutos. La crispación ocupó todo el lugar, no podía relajar mi cuerpo ni respirar bien. Me asustaban las contracciones y las sufría… apareció el dichoso sufrimiento. Y no se fue. El tiempo se hizo eterno. Damien me ayudaba a no desesperar con sus palabras de aliento y su presencia. Al acabar las dos horas llegó la exigencia de la anestesia: la epidural fue como pasar del infierno al cielo, de la crispación a la relajación absoluta.

Disfruté de casi tres horas de la calma y la tranquilidad más reparadora que he experimentado jamás. Mi cerebro, eso sí, volvió a encenderse y no podía evitar transformar en palabras aquella sensación, que compartí con mi matrona. Volví a ser locuaz, recuperé mi yo racional. Llegó un ligero sueño, y me regodeé en el bienestar, aliviada de haber dejado atrás el sufrimiento. No quería que terminara, quería disfrutar mucho de esa calma. Mi apego por las sensaciones placenteras es un poco patológico, pero eso es otra historia… Eso sí, estuve todo el tiempo situada en el presente, sin pensar en lo que vendría después.

Unas horas más tarde, en la placidez de mi camilla, empecé a notar presión en la zona del pubis. Eran unas nuevas contracciones. En cada una de ellas la presión se hacía más evidente y en pocos minutos se convirtió en dolor, soportable, pero dolor. Pedí un poco más de anestesia, pero al hacerme un tacto mi matrona me anunció que llegábamos a la fase final, que quedaba poco, mejor seguir sin más dosis de epidural.

La intensidad de las nuevas contracciones me hicieron gritar, lo que me sorprendió a mí misma. Y enseguida apareció mi nuevo compañero de viaje: el miedo, o más bien, el pánico. Mi cuerpo empezó a temblar, sin parar (supe después que en parte el temblor era un efecto del fin de la anestesia, pero ello acompasó a la perfección la emoción del miedo). Tenía mucho miedo. ¿A qué exactamente tienes miedo? me preguntó mi matrona. A que llega una criatura! En ese instante se me hizo tan real lo que estaba a punto de ocurrir, tan extraordinario, tan extremadamente difícil! Eso unido al intenso dolor que me inundaba con cada contracción hizo que viviera el expulsivo paralizada emocionalmente. Aterrada. Gracias al equipo que me asistió en ese momento, fui avanzando a pesar del miedo. Aprendí a empujar, experimenté el alivio que supone empujar bien y lo duro que se hace cuando te indican no empujar para no desgarrarte. Sudaba, tenía calor y muchísima sed, molestias que mi chico iba aliviando con gran eficacia y amor. Mi expulsivo duró unos 40 minutos en los que el dolor fue ganando la batalla al miedo. Sentí impaciencia, exigía que “acabáramos ya”, el esfuerzo físico era insoportable. Sentí en dos ocasiones que me iba a desmayar, pero no sé cómo con un par de palabras de ánimo del equipo la sensación se pasaba. En uno de los pujos, me incorporé tanto que vi la cabeza de mi hija fuera. La vi y no la vi. No tenía ojos en ese momento, mi cuerpo era pura adrenalina. Cuando Gala por fin salió del canal de parto y aterrizó sobre mi regazo la sensación física de su peso, su calor y su suavidad son detalles que me acompañarán toda la vida. Sin embargo, no me permití disfrutar del momento hasta que no acabara el proceso y no se pasara el dolor. No me di permiso para reconocer plenamente a mi hija. Tardaron más de 30 minutos en coser los pequeños desgarros superficiales que sufrí, y esto se me hizo eterno. No solté a mi criatura, no dejé de darle la bienvenida, de acariciarla, pero esperaba a que estuviéramos las dos plenamente presentes en cuanto me dejaran cerrar mis piernas. Cuando acabaron rompí a llorar, por una mezcla de tensión, dolor y rendición. Ya estaba todo, qué difícil había sido. Necesité el consuelo que busca de niña cuando algo es demasiado intenso. Todo ello me sumió en un pequeño estado de shock, que aun me duraría unas horas en planta, ante el asombro de las matronas. No paré de repetir “es la cosa más difícil y más dura que he hecho en mi vida”. Poco a poco el miedo, el dolor y el shock pasaron y Gala y yo nos reencontramos. Ella también derrotada por el esfuerzo pasó la mayor parte del tiempo durmiendo. Me ayudaron en planta a que se enganchara a mi pecho… qué maravilla la naturalidad de dicho gesto. Ella mamaba de mi pecho derecho sin que ninguna de las dos lo hubiésemos hecho antes.

Las dos noches en el hospital las pasamos Damien y yo a solas con nuestra hija. Ello nos ayudó a rememorar lo ocurrido, a construir nuestro relato del viaje que acabábamos de culminar. Sirvió para purgar todas las emociones que habían surgido de una experiencia tan indescriptible y entender por qué ocurrió como ocurrió (por qué me asusté, por qué me crispé, cómo lo vivió él, cómo entendió cada circunstancia). Aquellas conversaciones fueron tremendamente útiles.

Confirmamos que todo lo inundó el amor, que se multiplicó por mil en aquella pequeña sala de dilatación. Se respiraba como el aire. En todo momento vivimos una compenetración absoluta, en la que Damien no necesitó de mis palabras para saber cómo debía acompañarme, lo supo instintivamente. Espero no olvidar nunca que mientras me convertía en madre fui profundamente amada.

Me encantaría volver a pasar  pronto por la experiencia de parir. Ahora que conozco las sensaciones por las que se puede pasar, espero saber rendirme antes, dejarme llevar más, confiar en mi cuerpo ciegamente, sin cuestionarlo, sin asustarme. Parir a mi hija Gala me ha enseñado a amar profundamente mi cuerpo y estarle agradecida eternamente por ser el canal de la vida.

Sandra L.

Parí en un hospital público de Barcelona y me sentí muy bien tratada. Nadie me faltó el respeto, al contrario, las matronas, auxiliares y enfermeras con las que traté tuvieron toda la delicadeza del mundo en su trato. Parí en la sanidad pública porque confío mucho en ella y me relaja saberme amparada por sus profesionales. Sin embargo, era consciente de que en el asunto del parto aún quedan bastantes asuntos que mejorar para parir de una forma completamente satisfactoria. De hecho, en distintos momentos de mi trabajo de parto, las matronas me dejaron entrever que están obligadas a seguir ciertos protocolos con los que no están de acuerdo. A mí me resultaron molestas los siguientes detalles que espero mejoren en el futuro:

– El protocolo de inducir el parto tras solo 12 horas después de la rotura de la bolsa parece, según la opinión de mucha gente (incluida la matrona que me asistió), un poco justo. Hay lugares en los que se deja hasta 36 horas, si el bebé y la madre están bien, obviamente. Quizás yo me habría puesto de parto sola de haber esperado un poco más. También si me hubieran permitido regresar a casa a dormir.

– El monitoreo constante es pesado, la verdad. Muy pesado. Es verdad que cuentan con monitores inalámbricos, pero son molestos igual, se mueven y a cada rato tienen que venir para recolocártelos. Impide el libre movimiento y también perturba en la concentración que se requiere para parir.

– Que se lleven al bebé cada mañana, los análisis, las pruebas. Son muchas. Se respeta el piel con piel las primeras dos horas y casi las primeras 12, pero luego la retahíla de procedimientos es excesiva. Quizás sería más razonable que, al menos, las pruebas se hicieran siempre en presencia de la madre y perdiendo su contacto lo menos posible.

Mi Caperucita Roja ya tiene 3 años

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Nuestra segunda hija ha cumplido 3 años, y lo hemos celebrado con una capa roja al estilo Caperucita Roja.

Hay muchos “dichos” de las personas mayores, sobre todo abuelas, que no comparto ni me convencen, pero hay uno que me lo quiero apropiar intensamente: “el tiempo pasa volando”, y yo le añado; “disfrútalo con tus hijas”.

Eres generosa, eres entregada con quienes te queremos.

Eres intrépida, eres inventora… (me recuerdas a alguien).

Donde la gente ve una tabla de madera tú ves una tabla de surf, un sombrero, o una sartén…

Tu imaginación siempre va más allá y más allá.

Eres sensible, no te gusta que te digamos que en ocasiones te equivocas.

Observas, observas sin que nos demos cuenta. Creo que tienes ojos en las espaldas, y orejas en el culo.

Amas los cuentos. Le cuentas cuentos a tu hermana bebé desde hace muuucho tiempo, y te inventas historias.

Las obras de teatro te abren una puerta al mundo de la interpretación. Te concentras y te centras. Siempre.

Te encantan las pelis surrealistas de los años 80 que te pone tu padre. La historia interminable, E.T., Stardust… 

Contigo hemos descubierto un nicho de mercado: inventar un niqab infantil para comer, así quizá logramos que te manches menos.

Usar tus manos es maravilloso porque te activa la mente y te hace descubrir y descubrir: masa de pan, plastilina, queso blando, masa de galleta, barro… cualquier elemento te sirve para mover y mover tus manos.

Prefieres estar tranquila, sin generar mucho ruido. Prefieres sonreír y estar feliz, aunque no siempre lo logras, aunque no siempre lo logramos.

Eres una apasionada de tu prima. Tu hermana mayor te necesita siempre aunque no te lo diga. Tu hermana pequeña te adora profundamente, eres su devoción.

Eres un reto diario, contigo nada es matemático. Si un día me sorprendes con algo, al siguiente ya no me sirve la solución que encontré el día interior. Si un día descubres una nueva utilidad a una cosa y me maravillas, al día siguiente buscarás una nueva forma de usar ese objeto…

Mucha gente mayor se fija en ti por la calle, por el supermercado… tu color de pelo, tu sonrisa tienen un poder de atracción increible… Eres muy sociable, necesitas contacto con la gente.

Necesitas amor, cariño, acompañamiento, guía, que te admiremos, que estemos contigo, que volemos contigo…

Te necesitamos, porque llegaste un Lunes, en Luna Creciente y fuiste una niña: Lluna. Naciste con una luna de chocolate, y te quedaste con nosotras para siempre. Llegaste para ofrecernos una oportunidad para aprender, para entender otro tipo de niña puesto que todas nuestras hijas sois tan diferentes. Llegaste porque Abril, tu hermana mayor, te necesitaba, igual que Aran ha llegado porque te necesita a ti.

Ayer me dijiste que querías tener otra hermanita, y pensé si realmente necesitas alguien en casa que tenga tu misma energía… Es imposible porque eres única.

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Esta capa de Caperucita Roja está confeccionada con el patrón del libro Oliver + S Little Things to Sew. Tienen 2 tallas: una hasta 4 años y otra hasta 10 años. He echado en falta más tallas, pero es cierto que la talla de 4 años le va relativamente bien a mi hija de 3 años.

Coser esta capa no me ha resultado nada complicado. Las aperturas para los bolsillos son fáciles de rematar. Ahora bien, la capucha tenía que llegar hasta el extremo de la capa, hasta el extremo del cuello, pero no ha sido así.

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Y después de este Tercer Aniversario esperamos siempre continuar contigo y ser igual o más felices todavía.

 

Patrón: Oliver + S Little Things To Sew. Red Riding Hood, talla hasta 4 años.

Telas: paño rojo de abrigo y tela estampada algodón 100% de Cal Joan.

Complementos: botón rojo forrado con máquina Prym y cintas decorativas de Hilos y más.

Enlaces: Menuda Inspiración de La Pantigana.

Visita la granja La Bassa

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El passat diumenge vam arribar a La Granja La Bassa a les 11:30 del matí. Allà hi havien parelles, famílies i gent de totes les edats. Durant 2 hores vam poder gaudir de conéixer de més a prop una gran família formada per rucs, cavalls, cavalls nans, cabres, ovelles porcs, porcs vietnamites, galls i gallines, paons, ànecs, tortugues… Aquest refugi de fauna salvatge val la pena. 

Feia temps que sentia a parlar d’aquest lloc per dos motius: el primer, per la granja que acollia animals de la zona, i el segon, perquè des de fa dos anys tenen en marxa un projecte educatiu alternatiu per a nens menors de 6 anys.

Així que el diumenge va ser el dia adequat per tal de gaudir d’un espai a prop de casa, educatiu i respectuós amb els animals. Les visites es fan d’11 a 13h els diumenges i pots estar lliurement per l’espai. Per tal d’arribar-hi mireu al seu web les indicacions que són correctes.

Mai he parlat al bloc de la meva opinió sobre els espais amb animals com a activitat d’oci i entreteniment, i si no ho he fet és perquè encara ara és un aspecte que m’incomoda personalment. Sempre tinc molts dubtes quan algú ens anima a anar a un zoològic, a un safari park, etc. Sempre s’obre el debat a casa, entre Javi i jo, i al final amb qui estiguem organitzant una sortida d’esbarjo.

Em sento tractant les bèsties amb superioritat, en una relació injusta quan elles no es poden defensar si es troben incòmodes. Educant a la meva canalla en una realitat que no és veritable, és fictícia, és dolorosa i patidora.

Aquest refugi de fauna salvatge està ubicat en un espai ampli i molt cuidat. Una finca amb una casa pairal preciosa. Allà intenten transmetre l’amor i el respecte pels animals, i crec que ho deuen aconseguir.

La Lluna va preguntar si es podia muntar al poni (al cavall nan), al que li van contestar: nosaltres creiem que als cavalls els hi pot no agradar que s’hi pugin a sobre persones perquè pesen molt i perquè els hi pot molestar, així que preferim donar-li’s abraçades i carícies.

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Amb el ruc Farigola 

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Terapia bloguera #Lucesysombras

Vivir una maternidad consciente es una experiencia potente, súper poderosa. Tanto, que se puede llegar a girar y acabas pensando que está en tu contra. Estar presente en el día a día de la crianza de tus hijos/as, ser una madre o un padre de ojos atentos que observa y percibe la sensibilidad y el bienestar de tus criaturas, que reflexiona las decisiones que toma y trata de hacerlo todo con coherencia y responsabilidad, no siempre es sencillo.

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Foto de David Ruiz

La comunidad de mujeres mayores de 50 años que me rodea siempre me deja caer que pienso demasiado las cosas, que a veces me complico cuando me pongo a explicarle a mis hijas cómo puede afectarles que coman mucho dulce, o porqué deben comer variado, qué efectos tiene tirar papeles al suelo o no apagar el agua del grifo mientras se cepillan los dientes, o porqué no les pongo más la tele cuando necesito un respiro.

A menudo les contesto que “lo hago así porque me sale del corazón”, y también suelo decir “las madres y padres de hoy en día, como es lógico, somos diferentes a vosotras. Igual que vosotras no fuisteis iguales que vuestras madres”.

Ahora bien, no siempre es sencillo vivir una maternidad consciente porque la crianza tiene contradicciones, altibajos, días grises y días arcoiris… la crianza tiene sus luces y sus sombras, como bien lo explica Laura Gutman en “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”, un gran libro que te hace sentirte normal y acompañada como madre consciente del siglo XXI.

Son pocos los blogs que recogen experiencias duras, difíciles y traumáticas durante la crianza de sus hijas. Muchas amigas y amigos me preguntan porqué inicié mi blog, y creo que el principal motivo fue para usar esta ventana al mundo como terapia durante mi maternidad. Mi pareja siempre me decía: “pero los blogs que lees, que hablan de Montessori en casa, de respetar a tu hija, de llevártela al campo y fliparla con geocaching… ¿nunca mencionan aquél rato en el que te mueres de sueño y tu hija explota de energía y quieres gritarle y no logras aguantarte y le gritas? ¿no hablan de los momentos de exaltación de los niños en el parque cuando no se quieren marchar y al final alguien te dice cógelo y te lo llevas para casa, sin más, no le cuentes más historias, y tú lo haces y te sientes mal? ¿explican esos blogs que a veces te quieres ir a otro mundo y no ver a tus hijos durante un rato o unos días porque te ahogas entre tanta niñez?”

“Si los blogs que lees crees que no reflejan la realidad, escribe tú un blog con historias de verdad”. Mi propia terapia bloguera me ha llevado a que, al final, use esta ventana como un espacio de positivización de la realidad, es decir, intentar proyectar todo lo más alegre y feliz de mi vida: la costura, las actividades más exitosas con mis hijas y mi familia, alguna comida o cosita hecha a mano en casa…

L1060415_webFoto realizada por mi hija Abril Pinto, con 20 meses, cuando empezó mi trabajo de parto de Lluna

Sin embargo, la llegada de la primavera en todo su esplendor, de repente y sin avisar, han hecho que mi casa se haya revuelto bastante igual que en muchas otras. Y es que esta mañana una amiga y yo hemos hablado de nuevo de porqué carajo no aparecen “historias terribles” de crianza respetuosa y consciente en los blogs, de meteduras de pata, de resbalones de ética, de incoherencias y desbarajustes en las casas. Y me he acordado de muuuuucha gente que siempre me dice lo mismo, que hoy en día no queda bien comentar lo mal que lo estás pasando cuando tu hijo está totalmente fuera de sí y al final habéis explotado todos en casa.

Portada del libro MAMAMORFOSIS

Hace no mucho participé en Mamamorfosis. Las 200 caras de la luna, un libro electrónico que recoge testimonios reales de maternidad consciente de 200 madres de todo el mundo que marcará un antes y un después en tu devenir como madre; un proyecto altruista muy bonito, muy útil, sincero, amable y maravilloso de Aguamarina, la protagonista de Demicasaalmundo. En él participé en dos apartados: “Cómo entendí y me di cuenta de que mis hijos son mi espejo” (página 897 del libro) y “El papá que apoya y comprende” (página 796 del libro).

Aquí os dejo el primer relato de cómo me di cuenta por primera vez de que debía convivir con mi propia sombra, aceptarla, entenderla, amarla y así superarla para vivir de un modo más equilibrado.

 

“Mamá, tranquila, tranquila, te estás poniendo nerviosa”, me dijo Abril, entonces de 34 meses, cuando me vio una vez más perder los nervios en 10 días consecutivos. Unos días antes, Abril gritaba, pataleaba, me intentaba pegar, tiraba cosas al suelo, se cabreaba violentamente tanto conmigo como con Lluna (20 meses menor que Abril)… Era horroroso. Lluna estaba más enérgica que nunca, un poco rebelde también. Un día llegó Javi y me dijo: “veo a Abril con la mirada perdida, como desquiciada”. Esa palabra se me clavó en el alma, tal y como ella describía a la niña, así me veía yo, desquiciada y perdida.  Un día sales de ti misma, te pones los prismas de “soy otra mamá y estoy mirando una escena de otra familia” y alucinas con las reacciones que en realidad estás teniendo tú misma. Ese día, decides pedirle ayuda a un profesional. Ese día sentí que había tocado uno de mis primeros fondos (sé que la crianza me pondrá frente a mis ojos más situaciones dolorosas), y no podía permitirme perpetuar aquella situación. 

 Llevaba ira guardada, llevaba cansancio acumulado, me dedicaba muy pocos minutos al día a mí o simplemente me separaba muy pocos minutos al día de mis hijas, me sentía lejos de mi pareja, me sentía, de repente, muy lejos de mi papel en la vida, de mi maternidad. Y es que ser madre cuidadora-educadora exclusivamente es un privilegio, pero también puede ser muy agotador física y mentalmente si no sabes dónde estás y para qué estás. Yo creía que lo sabía, pero lo que me había pasado es que mis hijas van creciendo, y yo tengo que adaptarme día a día a sus nuevas demandas y necesidades, y mis hijas habían dado un paso más allá, y yo me sentía perdida. Laura Gutman, a quien acabo de descubrir, dice en “La maternidad y el encuentro con la propia sombra” “El bebé siente como propios todos los sentimientos de la mamá, sobre todo aquellos de los que no tenemos conciencia.” En mi caso me ha pasado con unas niñas pequeñas (que no son bebés), que me estaban enseñando que el nivel de tensión que ellas soportaban con uno de sus máximos referentes era justamente la tensión que yo sentía en mi interior conmigo misma. 

Me senté y revisé qué quería hacer con mi vida, si la maternidad sin trabajo profesional fuera de casa era lo que quería, y si sí era lo que quería (porque soy incapaz de renunciar a ello), de qué maneras podía sentirme mejor y dar la mayor protección y amor a mis hijas.

 

Así fue uno de mis primeros episodios de explosión sin control que acabaron en una noche de lágrimas en mi cama, yo sola pensando cómo podía haber llegado hasta tal punto.

Pronto llegarán más relatos realistas como éste. Os deseo una feliz primavera, explosiva y tranquila si se puede pedir 😉

En silencio, medio desconectada

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El uso de internet móvil en Argentina ya es mayor que el de telefonía

Hace días que tengo más silencio en el cuerpo, más silencio en la cabeza, más atención en lo que me rodea. Vivo en silencio, medio desconectada. Masco mejor la realidad y, sobre todo, duermo mucho mejor, más relajada y tranquila. Y es que mi móvil está apagado. 

Hacía tiempo que me planteaba si me podía venir bien apagar un poco los aparatos que me acompañan en mi día a día: móvil -sobre todo whatsapp y visitas a páginas web y blogueras-, ordenador -sobre todo para escribir entradas-, y máquina de coser. Al final, el destino ha hecho que la clavija de mi móvil se haya estropeado y tras 4 días sin móvil ahora ando con uno muy antiguo y sin whatsapp (y creo que ni internet, ni me he preocupado en mirarlo).

El móvil ya no entra en mi habitación, el móvil ya no me interrumpe en la comida, el móvil ya no me distrae de un momento bonito con mis hijas, el móvil ya no me acompaña en el coche, ni en una conversación con una amiga o con mis padres que veo poco…

Yo, que soy intransigente y algo inflexible con mi opinión frente a los/as demás (esto sólo lo saben las personas más cercanas a mi, por suerte), siempre he querido evitar el consumo excesivo de TV, ordenador y móvil en mi vida. Desde hace 2 años vivo literalmente pegada al móvil, cada día más y más; tal y como hace la mayoría de personas de mi alrededor.

Seguro que os sentís identificadas/os cuando explico lo que me pasa con el móvil. La necesidad de comentar algo en el momento en el que se me pasa por la cabeza, a menudo algo sin cierta relevancia, que puede esperar. Estar cocinando y dejar de hacerlo para hacer una foto y mandárselo a mis amigos/as. Mirar a mi hija intentar gatear y agarrar el móvil para grabarla y luego compartirlo inmediatamente.

Todo parece inmediato, todo parece no poder esperar. El whatsapp y la conexión a internet en el móvil son útiles, eso no cabe que yo lo diga, pero no conozco a casi nadie que logre hacer un uso racional del mismo, un uso que no le entorpezca vivir el día a día con normalidad, sin una pantalla frente a sus ojos.

Que estás buscando una calle que no encuentras, pues le preguntas a una persona directamente sin consultar el googlemaps. Que estás mirando una peli y no te acuerdas del nombre del actor, pues no importa, no hace falta que lo consultes en internet, déjalo estar. Que te has acordado de un amigo para su cumpleaños, llámale y deja de lado el mensaje de voz. Si no te lo coge en el momento, inténtalo más tarde.

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Vacaciones en casa de los “iaios”. La pequeña y yo observamos a las mayores disfrutar juntas

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Trabajar pausadamente con las manos hace que las redes neuronales se activen

¿Qué he logrado durante esta semana sin whatsapp ni internet en el móvil?

  • He pasado más tiempo hablando con mi pareja
  • He estado más centrada mientras comía y cocinaba
  • No he estado pendiente de un mensaje inmediato, de una respuesta inmediata
  • He dejado de tener un acompañante en la sombra
  • He recuperado mi reloj de mano, así puedo mirar la hora cuando lo necesite sin necesidad de acudir al móvil
  • He tenido más tiempo en general
  • He llamado más a menudo a mi familia y amigos/as
  • He visitado a una amiga, tocándole el timbre de su casa, por sorpresa
  • Mi amiga me ha visitado por sorpresa, sin avisarme por whatsapp
  • He respirado un poquito más

¿Y tú, a menudo te sientes igual, un poco controlada por tus aparatos electrónicos?