El parto de mi hija Gala por Sandra Lozano

Sandra, mi gran amiga Sandra, amiga del alma, quien me ha introducido siempre en temas de sororidad, feminismo consciente, y un interminable etcétera… ha querido compartir con todas y todos vosotros su primera experiencia de parto en este humilde pero amoroso blog. Muchísimas gracias por abrirnos las puertas de tu nueva familia.

El parto de mi hija Gala

Siempre me han gustado los relatos de parto. Los detalles que cuentan madres y padres sobre cómo llegaron sus criaturas al mundo me resultan fascinantes. Por fin llegó el momento de vivirlo en mi propio cuerpo y ser la protagonista del acto más brutal y mágico de la naturaleza humana. Cada vez que he contado o me han preguntado qué tal fue el nacimiento de mi hija Gala, he sentido la necesidad de relatar no tanto los detalles técnicos concretos, sino las intensísimas emociones por las que pasé. Cuando contamos experiencias vividas solemos privilegiar la sucesión de hechos objetivos: qué acciones concretas ocurrieron, qué cosas se dijeron, en qué espacios transcurrieron las escenas, etc. Sin embargo, dejamos de lado o explicamos solo sucintamente qué emociones acompañaron la vivencia. Escribo este relato porque no me gustaría olvidar por nada del mundo lo que sentí en las largas horas en que mi cuerpo fue capaz de traer al mundo a mi preciosa hija.

Los detalles técnicos de mi parto se resumen fácilmente. Los describo brevemente para que sirvan de escenario del relato que viene después. Rompí la bolsa de las aguas un viernes a las 9 de la noche. Después de una ducha, una cena y dormir  un poco, llegamos al hospital a las 2 de la madrugada. Una vez comprobaron a través de los monitores que todo iba bien, nos dejaron dormir a mí y a mi marido plácidamente en nuestra habitación de dilatación. A las 9 de la mañana del sábado, aún sin contracciones, iniciaron el protocolo para provocarme el parto. Fueron necesarias tres pastillas de prostaglandinas (el conocido como misofar) y un total de 12 horas (6 de ellas con contracciones dolorosas) para borrar mi cuello del útero y situarme en una dilatación de 4 cm. Pedí entonces la epidural que me ayudó a dilatar hasta los 10 cm en tres horas. Con la epidural, mi matrona también me introdujo una pequeña dosis de oxitocina para corregir la ralentización de mi trabajo de parto. Al final de mi dilatación la dosis de anestesia se acabó y el expulsivo comenzó inmediatamente. Lo afronté sin anestesia y duró 40 minutos. No fue necesario ningún instrumento (ni fórceps, ni ventosas), no hubo episiotomía y no me desgarré el perineo. Solo fueron necesarios unos pocos puntos aquí y allá. A las tres y media de la madrugada del domingo mi hija Gala nació sana y maravillosa. Yo me recuperé del parto sin mucho problema.

Mientras todo eso ocurría, transité emociones intensísimas. Algunas las esperaba, otras fueron toda una sorpresa para mí. Todo comenzó con los nervios. Romper la bolsa de las aguas y saber que ya no había marcha atrás me hizo sentirme nerviosa como cuando se emprende un largo viaje. Aunque sabía que podía descansar en casa unas 9 horas, los nervios me empujaron a acudir antes al hospital. Además, sentía algo de preocupación: notaba a mi bebé moverse mucho, ¿le pasaría algo? También me sentía impaciente y con una tremenda curiosidad, ¿cómo sería todo? ¿cómo iba a ser mi parto? Recuerdo el vértigo en el estómago al salir de casa y saber que ya nunca volveríamos a ser dos, que la próxima vez que cruzara aquel umbral lo haríamos siendo tres. El pensamiento se me hizo tan abrumador que tuve que sacudir la cabeza y dejarlo ir.

Tras el descanso en el hospital y las primeras dosis de prostaglandinas la emoción que reinó fue el entusiasmo. Por fin despegábamos, comenzaba la aventura. Estaba llena de energía, con ganas de hacerlo bien y superar cualquier dificultad. ¡Cuánta ilusión tenía! Cuando asomaron las primeras contracciones, parecidas a los dolores menstruales pero mucho más intensas, me alegró superarlas. Aún mi cerebro estaba encendido y compartía la alegría con mi chico.

Después vino la decepción, cuando mis dos horas de contracciones intensas y regulares de regla no ayudaron a avanzar en el parto: mi cuello de útero seguía sin borrarse, apenas había cambiado de forma. La ilusión y la alegría me habían disparado como una bala a un estado demasiado optimista, como si ya todo estuviera hecho. Menos mal que Damien amortiguó mi decepción y la alivió con unas cuantas caricias y palabras de consuelo. Había que seguir adelante y ¡tener paciencia! La decepción tenía que diluirse.

Además de Damien, también la matrona supo ayudarme y reconducir mi actitud. Yo no paraba de hacerle preguntas, de calcular posibilidades, de debatir con ella las opciones… de intentar controlar la situación. Entonces me dijo: “me hablas desde lo mental, has de desconectar tu cerebro y centrarte en el proceso y las contracciones. Y disfrutarlo. Ningún otro parto será igual, este es único, es especial. Concéntrate en cada contracción y en cómo superarlas, una a una. Cada vez que superas una, estás más cerca de tu bebé”. Gracias a sus palabras me relajé, apagamos las luces, pusimos la música y entré en el estado animal que requiere parir.

Las siguientes dos horas fueron las contracciones de la fuerza.  Me concentré en mi cuerpo. En esta ocasión las iba superando visualizando metáforas de fortaleza y potencia. Pensé en que yo era el árbol de la vida, que la naturaleza me había elegido ese día para ser su canal, y que el dolor era parte de ese proceso, como cuando el árbol rompe la tierra para sacar sus raíces. Me imaginaba emergiendo de la tierra, con cada contracción una raíz salía a la superficie. Después vino a mi mente la figurita neolítica de la mujer sentada en un trono con dos leonas a los lados. Pensé en las leonas, en que se necesita la fuerza de dos felinas poderosas para superar cada contracción. Es un poder que todas tenemos dentro. Así transcurrió esta parte del proceso. No me crispaba, cabalgaba las contracciones, el dolor no me controlaba a mí, yo tenía las riendas.

Pero en las dos horas siguientes todo cambió. La intensidad y la frecuencia de las contracciones subieron varios niveles. Se me hizo muy difícil. Esta vez acudí a visualizarme en situaciones placenteras: la playa, el verano, Damien en el agua esperando a que yo le alcanzara, el agua fría, el sol… Pero el dolor me atropellaba. No me daba tiempo a descansar entre contracciones, un gran puñal se me metía en las entrañas cada dos minutos. La crispación ocupó todo el lugar, no podía relajar mi cuerpo ni respirar bien. Me asustaban las contracciones y las sufría… apareció el dichoso sufrimiento. Y no se fue. El tiempo se hizo eterno. Damien me ayudaba a no desesperar con sus palabras de aliento y su presencia. Al acabar las dos horas llegó la exigencia de la anestesia: la epidural fue como pasar del infierno al cielo, de la crispación a la relajación absoluta.

Disfruté de casi tres horas de la calma y la tranquilidad más reparadora que he experimentado jamás. Mi cerebro, eso sí, volvió a encenderse y no podía evitar transformar en palabras aquella sensación, que compartí con mi matrona. Volví a ser locuaz, recuperé mi yo racional. Llegó un ligero sueño, y me regodeé en el bienestar, aliviada de haber dejado atrás el sufrimiento. No quería que terminara, quería disfrutar mucho de esa calma. Mi apego por las sensaciones placenteras es un poco patológico, pero eso es otra historia… Eso sí, estuve todo el tiempo situada en el presente, sin pensar en lo que vendría después.

Unas horas más tarde, en la placidez de mi camilla, empecé a notar presión en la zona del pubis. Eran unas nuevas contracciones. En cada una de ellas la presión se hacía más evidente y en pocos minutos se convirtió en dolor, soportable, pero dolor. Pedí un poco más de anestesia, pero al hacerme un tacto mi matrona me anunció que llegábamos a la fase final, que quedaba poco, mejor seguir sin más dosis de epidural.

La intensidad de las nuevas contracciones me hicieron gritar, lo que me sorprendió a mí misma. Y enseguida apareció mi nuevo compañero de viaje: el miedo, o más bien, el pánico. Mi cuerpo empezó a temblar, sin parar (supe después que en parte el temblor era un efecto del fin de la anestesia, pero ello acompasó a la perfección la emoción del miedo). Tenía mucho miedo. ¿A qué exactamente tienes miedo? me preguntó mi matrona. A que llega una criatura! En ese instante se me hizo tan real lo que estaba a punto de ocurrir, tan extraordinario, tan extremadamente difícil! Eso unido al intenso dolor que me inundaba con cada contracción hizo que viviera el expulsivo paralizada emocionalmente. Aterrada. Gracias al equipo que me asistió en ese momento, fui avanzando a pesar del miedo. Aprendí a empujar, experimenté el alivio que supone empujar bien y lo duro que se hace cuando te indican no empujar para no desgarrarte. Sudaba, tenía calor y muchísima sed, molestias que mi chico iba aliviando con gran eficacia y amor. Mi expulsivo duró unos 40 minutos en los que el dolor fue ganando la batalla al miedo. Sentí impaciencia, exigía que “acabáramos ya”, el esfuerzo físico era insoportable. Sentí en dos ocasiones que me iba a desmayar, pero no sé cómo con un par de palabras de ánimo del equipo la sensación se pasaba. En uno de los pujos, me incorporé tanto que vi la cabeza de mi hija fuera. La vi y no la vi. No tenía ojos en ese momento, mi cuerpo era pura adrenalina. Cuando Gala por fin salió del canal de parto y aterrizó sobre mi regazo la sensación física de su peso, su calor y su suavidad son detalles que me acompañarán toda la vida. Sin embargo, no me permití disfrutar del momento hasta que no acabara el proceso y no se pasara el dolor. No me di permiso para reconocer plenamente a mi hija. Tardaron más de 30 minutos en coser los pequeños desgarros superficiales que sufrí, y esto se me hizo eterno. No solté a mi criatura, no dejé de darle la bienvenida, de acariciarla, pero esperaba a que estuviéramos las dos plenamente presentes en cuanto me dejaran cerrar mis piernas. Cuando acabaron rompí a llorar, por una mezcla de tensión, dolor y rendición. Ya estaba todo, qué difícil había sido. Necesité el consuelo que busca de niña cuando algo es demasiado intenso. Todo ello me sumió en un pequeño estado de shock, que aun me duraría unas horas en planta, ante el asombro de las matronas. No paré de repetir “es la cosa más difícil y más dura que he hecho en mi vida”. Poco a poco el miedo, el dolor y el shock pasaron y Gala y yo nos reencontramos. Ella también derrotada por el esfuerzo pasó la mayor parte del tiempo durmiendo. Me ayudaron en planta a que se enganchara a mi pecho… qué maravilla la naturalidad de dicho gesto. Ella mamaba de mi pecho derecho sin que ninguna de las dos lo hubiésemos hecho antes.

Las dos noches en el hospital las pasamos Damien y yo a solas con nuestra hija. Ello nos ayudó a rememorar lo ocurrido, a construir nuestro relato del viaje que acabábamos de culminar. Sirvió para purgar todas las emociones que habían surgido de una experiencia tan indescriptible y entender por qué ocurrió como ocurrió (por qué me asusté, por qué me crispé, cómo lo vivió él, cómo entendió cada circunstancia). Aquellas conversaciones fueron tremendamente útiles.

Confirmamos que todo lo inundó el amor, que se multiplicó por mil en aquella pequeña sala de dilatación. Se respiraba como el aire. En todo momento vivimos una compenetración absoluta, en la que Damien no necesitó de mis palabras para saber cómo debía acompañarme, lo supo instintivamente. Espero no olvidar nunca que mientras me convertía en madre fui profundamente amada.

Me encantaría volver a pasar  pronto por la experiencia de parir. Ahora que conozco las sensaciones por las que se puede pasar, espero saber rendirme antes, dejarme llevar más, confiar en mi cuerpo ciegamente, sin cuestionarlo, sin asustarme. Parir a mi hija Gala me ha enseñado a amar profundamente mi cuerpo y estarle agradecida eternamente por ser el canal de la vida.

Sandra L.

Parí en un hospital público de Barcelona y me sentí muy bien tratada. Nadie me faltó el respeto, al contrario, las matronas, auxiliares y enfermeras con las que traté tuvieron toda la delicadeza del mundo en su trato. Parí en la sanidad pública porque confío mucho en ella y me relaja saberme amparada por sus profesionales. Sin embargo, era consciente de que en el asunto del parto aún quedan bastantes asuntos que mejorar para parir de una forma completamente satisfactoria. De hecho, en distintos momentos de mi trabajo de parto, las matronas me dejaron entrever que están obligadas a seguir ciertos protocolos con los que no están de acuerdo. A mí me resultaron molestas los siguientes detalles que espero mejoren en el futuro:

– El protocolo de inducir el parto tras solo 12 horas después de la rotura de la bolsa parece, según la opinión de mucha gente (incluida la matrona que me asistió), un poco justo. Hay lugares en los que se deja hasta 36 horas, si el bebé y la madre están bien, obviamente. Quizás yo me habría puesto de parto sola de haber esperado un poco más. También si me hubieran permitido regresar a casa a dormir.

– El monitoreo constante es pesado, la verdad. Muy pesado. Es verdad que cuentan con monitores inalámbricos, pero son molestos igual, se mueven y a cada rato tienen que venir para recolocártelos. Impide el libre movimiento y también perturba en la concentración que se requiere para parir.

– Que se lleven al bebé cada mañana, los análisis, las pruebas. Son muchas. Se respeta el piel con piel las primeras dos horas y casi las primeras 12, pero luego la retahíla de procedimientos es excesiva. Quizás sería más razonable que, al menos, las pruebas se hicieran siempre en presencia de la madre y perdiendo su contacto lo menos posible.

Bailando con lobos con Maquinandopatrones

¿Quién no se ha replanteado, quizá ya de mayor, el cuento de “Caperucita roja y el lobo” por los rasgos del lobo, que es malvado, feroz, y se come a la abuelita y a la niña?

Yo empecé a planteármelo cuando las niñas pidieron historias con el “famosillo lobo”. Así os lo digo, el lobo llegó sin pedir permiso, igual que llega el chocolate, el azúcar, los dibujos animados… Y de repente empezaron a llegar a casa cuentos tradicionales con lobos, como la Caperucita roja, Los 3 cerditos, y alguno más que se me escapa.

Recuerdo que Lamayor de Helena de Maquinandopatrones era bastante aficionada a los lobos cuando todavía vivíamos en Barcelona, y tomé nota de ello. Al menos me llamaba la atención que no le diera miedo ese animal que aterrorizaba a mis hijas aunque luego me lo pidieran, contradicciones de la vida. Más tarde Lamayor recibió una sudadera Small Nice Wolf preciosa que levantó pasiones por su barrio.

Lluna, al cumplir los 3 años hace bien poco, también fue protagonista de un regalo muy especial: una capa roja de Caperucita roja. En su caso, además, es que le va al pelo, porque es verdaderamente una apasionada de los personajes de la Caperucita roja y Los 3 cerditos. Se inventa historias de todos juntos… y el lobo por ahí anda merodeando.

Y ahora ha sido el turno de Abril, a quien le ha encantado que le hiciera esta falda con tela de lobos de Caljoan, justamente la misma tela que ha utilizado Helena para coserle algo a Lamayor. Y es que las 2 niñas son amigas. ¡¡¡Cuando se vean van a alucinar!!! ¿Queréis ver lo que le ha cosido ella?

Yo no tuve mucha inspiración en esta ocasión. A mi hija le gustan las faldas de vuelo como por ejemplo esta. Ella lo tiene clarísimo, le gusta esa y santas pascuas. Tiene 3 iguales. Pensé que entre las Ottobre que tengo habría algún patrón chulo, y realmente no me gustaba ninguno de falda. Al final elegí el Swinging hem de la Ottobre Autumn 4/2013, uno de mis números favoritos. Creo que no le favorece especialmente, pero la prenda ha quedado bien y a ella le gusta.

Y ahora… ¡voy a ver qué ha cosido Maquinandopatrones!

¡Siempre es un placer tenerte como amiga y compañera costurera!

¿Cómo os gustan las faldas para vosotras y para vuestras hijas/os?

También aprovecho para enlazar con Menuda Inspiración de la Pantigana y con Fans de Ottobre.

Patrón: Ottobre Autumn 4/2013 16. Swinging hem skirt.

Telas: tela punto de camiseta de lobos y tela de puño fucsia de Cal Joan. Cinta decorativa tejida “handmade” de Hilosymás.

Caprichos: portabocatas y portabebés

“Los tres cerditos” obra de teatro de la compañía Teatro Arbolé en La Nave, teatro alternativo de Aranjuez

Últimamente ya no publico… mi vida privada ha crecido. Mis hijas crecen, especialmente la pequeña Aran, y con ella pues tenemos menos ratos de siesta, y más momentos de atención plena: que si coge el peine y lo mete en el orinal donde acaba de hacer pis su hermana, luego lo lleva al bidé para lavarlo, se moja las mangas y decide ir a la basura a ver qué pilla y tirarlo al váter…

También ha aumentado el tiempo que debo dedicarle a mis estudios. Estudiar Magisterio con familia es súper satisfactorio y gratificante por la experiencia y madurez que tienes acumulada, sin duda alguna, mis reflexiones ahora no son como las de una estudiante de 18 años. Además, hay mucha teoría que la he vivido en la práctica.

Y mientras esas tareas crecen, disminuye mi tiempo, y tengo que priorizar qué es lo más importante en mi vida. Para mi es un ejercicio muy importante, dejar de lado las LISTAS DE DESEOS y simplemente estar presente en LO QUE DESEO, donde estoy ahora, con quien estoy, a quién debo mirar a los ojos, quien requiere de mi paciencia y amor, quien y no la costura, el móvil y sus mensajes de whatsapp, etc.

Y entretanto, me he encaprichado de dos costuras fáciles y las he finiquitado sumando 20 minutillos por aquí, y 15 por allá.

PORTABOCATAS

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Portabocatas confeccionados con tela PUL y velcro negro.  De momento mis hijas no lo han usado porque a penas comen bocatas (ni de pan de molde, ni de pan crujiente, son de comer pan+queso o lo que sea). Al cole llevan una tartera de plástico con fruta y frutos secos, o pan y jamón york, o yogurt… Así que estoy pensando en hacer algo verdaderamente útil para ellas y hacer una especie de sobre con el mismo material y la misma idea.

Estuve barajando qué materiales emplear. Las opciones son muchas y muy diversas.

  • Tela de algodón+tela de algodón + plástico transparente –> el bocata o comida estaría en contacto con el plástico y así se podría lavar
  • Tela de algodón + hule
  • Tela de PUL y santas pascuas, la opción más barata y la opción más práctica según mis colegas del Sewing Camp. Yo elegí esta opción por ser la más barata y finita para que las niñas, que son pequeñas, las pudieran doblar sin problemas.

PORTABEBÉS

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A menudo mis hijas cogen mantas y se atan muñecos o bebés a la espalda para portearlos y darles teta. Me encanta esta opción pues me recuerda a mi época trabajando en el Chimborazo (Ecuador), donde todas las mujeres porteaban bebés y niños con telas de la zona.

Y un día mirando la web de Le-Kimi cuando hicimos su chaqueta Hazel, vi el patrón y me animé. No tiene ningún misterio, todo es ponerse y entender la secuencia de las costuras como yo le llamo: qué parte se cose antes, en qué momento se meten las cintas, etc. Yo que nunca he cosido un bolso ni una cartera ni nada por el estilo no tengo mucha práctica para esto que digamos, pero bueno, no me costó nada de nada.

He cambiado:

  • los tirantes de tela que se cruzan en la espalda y la cinta que ayuda a anudarse la mochila portabebés en la barriga. Prefería que mis hijas, ya que están siempre queriendo jugar con los cierres de mis mochilas y demás, tuvieran su mochila con sus propios cierres (entre otros, regalo de Jaltor a las del Sewing Camp).
  • he añadido forro polar dentro para que el portabebés tuviera más cuero.

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El portabebés de Le-Kimi creo que es muy difícil que un niño o niña se lo ponga solo/a porque tiene que cruzar los tirantes y luego anudarse unos en la barriga y otros hacia atrás… Así que mi intención fue en todo momento hacer un portabebés que se lo pudieran poner fácilmente ellas, o entre ellas, y que así trabajaran la autonomía y la motricidad. De momento no ha sido así porque Lluna se aturulla y no lo logra. Abril sí se maneja y le pone hasta el “toldo” para cubrirle la cabeza y pueda dormir.

Ellas ya usaban las mantas, no necesitaban más realmente… ahora tienen un utensilio del S. XXI más sofisticado del que ya usaban ellas… Ahí queda la reflexión en alto.

Enlaces: Menuda inspiración.

Patrón: Portabebés de Le-kimi

Tela: Portabocatas –> PUL de Tucuxí, cintas decorativas del Mercado de San Antón en Madrid. Portabebés –> tela pintada por las niñas, tela tejana reciclada, cintas y cierres de Jaltor, regalo a las participantes del Sweing Camp. Jaltor es una tienda online con muchos tipos de materiales de mercería y para hacer mochilas, bolsos y demás (hebillas, mosquetones, broches, etc.). Fueron unos de nuestros patrocinadores en el Sewing Camp, así que una vez más, ¡¡¡muchísimas gracias por vuestros obsequios!!!